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De niña yo quería ser actriz. O cantante. O algo donde hubiera escenario, básicamente.

La moda no estaba en el plan.

De hecho, no crecí soñando con tener una marca ni dibujando vestidos desde los cinco años como en las biografías típicas de diseñadores. Descubrí que me gustaba el diseño de moda mucho después, ya más grande, cuando entré a estudiarlo casi por curiosidad. Y ahí pasó algo raro.

Mientras aprendía sobre tendencias, temporadas y todas esas reglas sobre cómo “debería” vestirse la gente, empecé a preguntarme por qué la ropa tenía que ser tan… obediente.

¿Por qué todo el mundo habla de encontrar tu estilo como si fuera algo fijo?
Como si una persona tuviera que ser “minimalista”, “romántica” o “creativa” para siempre. A mí eso nunca me convenció.

Porque las personas cambiamos todo el tiempo. Y la ropa también debería poder cambiar con nosotros.

Así que esta marca nació un poco desde ahí: desde la idea de que vestirse puede ser una forma de experimentar, no de encajar en una categoría.

Aquí la ropa no está pensada para que sigas reglas. Está pensada para que juegues con ella. Para que la combines raro, la repitas mil veces, la uses distinto cada día o incluso la transformes.

También nació con otra pregunta importante: cómo hacer ropa sin ignorar el impacto que tiene hacer ropa.

Por eso desde el inicio la marca busca trabajar con materiales más responsables, producir en cantidades pequeñas y diseñar piezas que valga la pena seguir usando con el tiempo. No porque sean básicas, sino porque tienen algo que las hace quedarse contigo.

La sostenibilidad, al menos aquí, no significa hacer ropa neutra, minimalista o aburrida. Significa hacer ropa con intención.

Hoy la marca sigue cambiando, probando cosas nuevas y haciendo preguntas incómodas sobre cómo nos vestimos.

Porque si algo tengo claro es esto: La ropa no debería decirte quién eres. Debería ayudarte a descubrirlo.



— Gretel Prado